¿Pueden ser ricos los políticos de izquierda?

Esta pregunta debe resultar ociosa para quienes tanto han criticado a un oficialista sincero como José Pablo Feinmann por confesar, en su reciente entrevista a Enfoques, que “realmente es muy incómodo adherir gobierno de dos multimillonarios (…) que te hablan del hambre”. Para Ernesto Laclau, plantea incluso un dilema inexistente. Categórico, en su respuesta a Feinmann ha llegado a declarar que “fue una frase poco feliz” porque “los ingresos de la gente no tienen nada que ver con sus posiciones políticas”. Al intelectual de la izquierda populista no debe parecerle contradictorio, entonces, que los Kirchner exhiban semejante afán de acumulación privada mientras se proclaman entregados a redistribuir la riqueza en su vida pública.

Gerald Cohen, uno de los principales teóricos marxistas en la segunda mitad del siglo veinte, habría estado en completo desacuerdo. De hecho, tituló uno de sus libros más celebrados de la siguiente forma: Si eres igualitario, ¿cómo se explica que seas tan rico? El planteamiento, simple y desafiante, era muy propio de su estilo filosófico: incisivo, desprovisto de solemnidades, preocupado por abordar contradicciones concretas. Movido por este desenfado analítico, Cohen dedicó buena parte de este libro a demoler los pretextos que podrían dar los defensores ricos de la igualdad para justificar la esquizofrenia ideológico-moral que existe entre sus compromisos públicos y su vida privada. Debería ser de lectura obligatoria para toda esa izquierda del caviar que se llena la boca manifestando su compromiso por enfrentar las desigualdades estructurales del capitalismo sin dejar de aprovechar en su comportamiento personal todos los privilegios y plusvalías que se derivan del sistema social que tanto critica.

Deseándole coherencia al liderazgo que lo incomoda, Feinmann dio en la clave cuando sugirió en la misma entrevista que Cristina, además de renunciar testimonialmente a los subsidios, podría soltar alguno de los millones que no necesita para construir un barrio popular. Pero cuidado: entre los pretextos analizados por Cohen se desliza una línea de razonamiento que podría llegar a justificar la voraz acumulación capitalista de nuestra familia presidencial. Podríamos sintetizarla así: en una sociedad poco igualitaria donde se requieren ingentes recursos económicos para hacer política, la acumulación privada puede convertirse en un medio necesario para promover la causa de la igualdad.

¿Es aplicable esta excusa al frenesí capitalista de los Kirchner? Por lo pronto, no da la impresión de que hayan usado su riqueza personal para fortalecer su causa política –lo contrario, en realidad, se antoja más probable: su ejercicio de la función pública no sólo ha coincidido con un crecimiento exponencial en su patrimonio y el de sus colaboradores; también ha propiciado el rutilante encumbramiento empresarial de varios capitalistas amigos. A estos sí han acudido, en todo caso, para financiar sus campañas políticas. Como también lo han hecho con fondos públicos de su provincia y de la nación argentina entera. Mientras tanto, a juzgar por el patrimonio stricto sensu que consignan en su declaración jurada, los Kirchner han consagrado sus afanes privados a causas tan poco igualitarias (pero tan típicamente argentinas) como cobrar alquileres y hacer depósitos a plazo fijo para terminar, finalmente, adquiriendo dólares –por no mencionar cierta fijación con los hoteles boutique y las carteras de Louis Vuitton. ¿Pueden imaginarse formas de lucro y consumo que estén más alejadas del modelo de producción nacional e inclusión social que dicen defender como personajes públicos?

Aún así, y volviendo a nuestro planteamiento inicial, estas incoherencias podrían encontrar una condonación parcial si la especulación rentística de los Kirchner estuviera dirigida a financiar un proyecto político que redundara, efectivamente, en medidas igualitarias a nivel agregado. Pero ya hemos apuntado que los Kirchner no han empeñado su riqueza privada para sostener su causa política. No pueden esgrimir, entonces, que necesitan ser ricos para apuntalar su proyecto en favor de los pobres –presuponiendo, obviamente, que su gobierno favoreciera realmente a estos últimos.

Cohen, por lo tanto, habría llegado a la conclusión de que los Kirchner tienen un comportamiento patrimonial que, desde la izquierda, sólo puede evaluarse como ideológicamente alienado y moralmente hipócrita. Y esto sin que hayamos indagado en los mecanismos cuestionables con los que parecen haber amasado buena parte de su fortuna. Feinmann hace bien en pedir investigaciones y aclaraciones que le permitan, en el mejor de los casos, superar su incomodidad. Pero Laclau, que dice no tener pruebas, puede quedarse tranquilo: desde esta perspectiva, los Kirchner sí que habrían hecho las cosas por izquierda. Tanto que ni los defensores más fervientes del capitalismo podrían ofrecer razones en su ayuda. El filósofo liberal Robert Nozick, por ejemplo, sostenía que la propiedad privada era intocable sólo si había sido adquirida con justicia. ¿La habría si los Kirchner obtuvieran beneficios astronómicos por alquilar su hotel boutique a un precio imposible de justificar para un empresario que, sin embargo, gana licitaciones por todo el país? ¿O si allá por sus inicios patagónicos, mientras la juventud maravillosa a la que dicen pertenecer se inmolaba contra la dictadura, hubieran acumulado inmuebles por una ganga manejando información privilegiada sobre deudores hipotecarios y sacando provecho de su desesperación? ¿Qué concepción de la justicia podría avalar el tráfico de influencias para quedarse con tierras fiscales a precio vil, como habrían venido haciendo por estos años en El Calafate?

En esta última modalidad de crecimiento patrimonial, definitivamente, se asemejan más a su denostada oligarquía vacuna que a la gloriosa JP. Pero podrán alegar en su defensa que estamos ante un paralelismo con atenuantes: al fin y al cabo, algún presidente oligárquico del siglo diecinueve repartió cientos de miles de hectáreas entre familiares y amigos. Los terrenos de los Kirchner y sus allegados, a pesar de tener vistas al lago glaciar más imponente del planeta, se cuentan apenas por cientos de miles de metros cuadrados. El propio Feinmann, abrumado por las críticas de su propia tropa, acudió a este tipo de comparaciones exculpatorias en una entrevista ulterior con Víctor Hugo Morales: “Aquí los grandes ladrones no están en la casa de gobierno; están en la Sociedad Rural, en las corporaciones, en la gran oligarquía argentina”. Pero los contrastes paliativos se agotan en cuanto recordamos que Cristina se reclama como la abanderada de la redistribución inclusiva frente a estos enemigos mezquinos. Si tiene en su patrimonio metros cuadrados de sobra para construir, con millones que también le sobran, el barrio popular que cándidamente propuso Feinmann, ¿a qué espera para el anuncio? El problema, como recientemente advirtiera ella misma, es que “en la Argentina todos son socialistas con la plata de los demás”.