De la boca para afuera somos todos buenos ciudadanos

por Carlos Starmanns

 02/10/07


¿Cómo es posible que tengamos políticos tan malos si nosotros, como ciudadanos, somos tan buenos? Parece una redundancia señalar que las deficiencias morales que aquejan a nuestra sociedad (estoy pensando en la insolidaridad, en el descuido generalizado de la ley, en la ineficiencia, en esas actitudes oportunistas que erosionan la confianza interpersonal, en el individualismo sectario que debilita nuestra capacidad de acción colectiva, etc.) no son patrimonio exclusivo de nuestros políticos. Sin embargo, los argentinos vivimos despotricando contra estos como si no surgieran del mismo sustrato cultural al que todos pertenecemos y como si tuvieran un poder tan absoluto que a nosotros, como ciudadanos, no nos quedara otra opción que la pasividad victimista en la que preferimos refugiarnos para no criticarnos a nosotros mismos y seguir quejándonos, autocomplacientes y pusilánimes, de que en la Argentina nada cambia.

En realidad, como en todas las cosas que creemos haber inventado para albergar mitos de excepcionalidad, es posible que los argentinos tampoco seamos especialmente originales en nuestra inconsecuencia cívica. Si miramos más allá de nuestras fronteras, comprobaremos que otras sociedades también están llenas de ciudadanos autocomplacientes y pusilánimes que viven quejándose de todo aquello que podrían contribuir a cambiar con un poco de autocrítica y coherencia. Al fin y al cabo formamos parte de un mundo chabacano y careta donde nada (salvo el hedonismo del consumo) se toma suficientemente en serio y donde nadie, como resultado, se juega en serio por nada; un mundo donde el compromiso ético parece agotarse en el pavoneo estético, donde nunca traducimos a la práctica aquello que supuestamente defendemos; un mundo, en fin, donde obramos el milagro ciudadano de que todo siga igual, o peor, a pesar de que tantos bienpensantes pensemos igual sobre lo que debe cambiar.

Deparemos, por ejemplo, en los millones de norteamericanos o europeos que se rasgan las vestiduras ante la guerra de Irak o que se escandalizan ante las consecuencias inminentes del efecto invernadero, pero que se dan por satisfechos ante sus conciencias críticas y comprometidas con el mínimo esfuerzo de ir al cine para ver las entretenidas películas de Michael Moore o Al Gore. Es cierto que a muchos ciudadanos inconformistas del primer mundo no les alcanza con una salida al cine para volver a sus casas teniendo el sentido del deber cumplido. Algunos hacen donaciones que, por mínimas que sean, ayudan a construir un mundo mejor (y también a deducir impuestos). Otros dejan sus clases de yoga o sus talleres de teatro vocacional y dedican tiempo a participar en alguna ONG. Antes de ir a tomar algo siempre es posible, además, juntarse con los amigos para asistir a alguna manifestación. En su afán de apoyar causas justas, los habitantes de capitales importantes pueden incluso fustigarse viendo leyendas del rock en algún megaconcierto gratuito. Por algún motivo los políticos del primer mundo, que son casi tan malos como los nuestros, no parecen tomarse muy en serio estas fervorosas demostraciones de compromiso cívico. Quizá porque intuyen que sus buenos ciudadanos, en el fondo, no se toman demasiado en serio aquello en lo que creen, que después se les pasa y se olvidan -siempre y cuando la prosperidad y el consumo no se detengan, claro.

En los compromisos del ciudadano contemporáneo promedio hay poca determinación y mucha sobreactuación. Para ilustrar este diagnóstico sin acudir a casos demasiado obvios, detengámonos en un episodio que a simple vista lo desmiente y que los analistas del republicanismo autocomplaciente han venido interpretando como un meritorio ejemplo de virtud cívica para el mundo. Muchos recordarán a los millones de españoles que en el preludio de la invasión a Irak se manifestaban indignados bajo el lema “no en mi nombre”. Según las diferentes encuestas del momento, a nivel mundial la sociedad española se encumbraba consistentemente entre las más contrarias a la guerra, con picos en los que más del 90% manifestaba su rechazo. ¿Cómo es posible que Aznar se atreviera a participar en esa guerra con toda la ciudadanía en su contra? ¿Era tan irracional como para querer que su partido perdiera en las elecciones generales que tendrían lugar un año más tarde? ¿O es que intuía que el compromiso por la paz del mundo que mostraban los encuestados no era tan consecuente como para complicarle los planes? En este punto la intuición de Aznar era tristemente correcta. Un año después, a pesar de que la muerte y destrucción causadas por la guerra superaran con creces sus torpes previsiones, y a pesar de que las manipulaciones mediáticas con las que ésta fue justificada hubieran sido completamente desenmascaradas, su partido seguía encabezando las encuestas. Únicamente se interpuso en su camino el daño colateral a domicilio que los asesinos de Al-Quaeda hicieron sentir a los españoles horas antes de los comicios. En un país donde el sufragio no es legalmente obligatorio, la muerte de inocentes en Madrid consiguió que una mayor proporción de quienes se mostraban tan indignados ante la muerte de inocentes en Irak postergaran sus planes de fin de semana y fueran a votar. Integrando esa abrumadora proporción de la ciudadanía española que disputaba los primeros puestos en el ranking mundial del pacifismo también están, por supuesto, los que hubieran acudido a las urnas de todas formas y que a último minuto le quitaron su voto al partido de Aznar como castigo. Pero nada de esto, claramente, ocurrió por los muertos televisados de Bagdad, que eran una realidad demasiado impersonal y lejana, sino por los muertos en carne propia que aparecieron súbitamente en Atocha.

Frente a casos como éste podríamos interpretar que vivimos en sociedades donde únicamente estamos dispuestos a respaldar con acciones lo que denunciamos con palabras si el horror nos toca suficientemente de cerca. De lo contrario, quedar bien resulta más importante que hacer el bien. Es como si sólo la inmediatez del horror moral nos conmoviera en la medida necesaria como para arrancarnos de nuestra inconsecuencia autocomplaciente y pusilánime, impulsándonos de la retórica al compromiso –aunque solamente se trate de un compromiso tan puntual y temporalmente acotado como el de ir a votar o hacerlo coherentemente. Pero estamos aventurando generalizaciones aplicables a ciudadanos del primer mundo. En países como la Argentina, vergonzosamente, ni siquiera nos alcanza con la percepción inmediata del horror como para despertar de nuestra inconsecuencia cívica. El caso más importante y desesperante es la naturalidad con la que, a pesar de nuestra retórica solidaria, nos mostramos indiferentes frente a las víctimas de la pobreza y la indigencia que nos cruzamos cada día, con sólo salir de casa, mirándonos insistentemente a los ojos. A los turistas del mundo desarrollado, en general acostumbrados a ver realidades semejantes por televisión, suele sobrevenirles un nudo en la garganta cuando ven en persona las obscenas injusticias sociales que forman parte de nuestro paisaje cotidiano.

Obviamente, el privilegio psicológico de encontrarse con el horror de una manera más impersonal y ocasional no exime a los ciudadanos del primer mundo ante la obligación de reaccionar, una obligación que resulta especialmente imperativa si pensamos que son ciudadanos de países poderosos en nada ajenos a las causas de estas injusticias y capaces de generar cambios efectivos a nivel internacional. Al igual que nosotros, ellos ven y critican estas injusticias con un sentido retórico de la responsabilidad moral, puesto que tampoco hacen nada significativo por cambiarlas. Los más bienpensantes, en el mejor de los casos, regresan a sus países pensando que tienen que hacer algo, pero después por lo general se olvidan, como ocurre con todos los compromisos espasmódicos y volátiles que adquieren. No obstante, si nos adentramos en la comparación de patetismos morales, advertimos que los ciudadanos de estos países experimentan al menos algún tipo de reacción emocional cuando vienen a visitarnos y ven personalmente a las víctimas de injusticias sociales que nosotros, siendo más responsables que ellos por lo que ocurre y perteneciendo a la misma comunidad nacional, hemos aprendido a mirar con la más pasmosa naturalidad. Podríamos decir que a nivel psicológico, cuando caminan por nuestras calles y tienen que enfrentarse a la inmediatez del horror, estos ciudadanos primermundistas tienden a experimentar algo de empatía, compasión o incluso remordimiento. Nosotros, en cambio, tenemos la facultad de ver que a nuestro alrededor hay personas que están muy mal sin sentirnos mal. La vida sigue, como si nada. A pesar de que sean nuestros conciudadanos. A pesar de que tengamos tanto que ver con la causa y la solución de sus (¿nuestros?) problemas. Probablemente pensemos, tratando de exculparnos, que nuestra insensibilidad se debe simplemente a que nos hemos acostumbrado a convivir con el horror. ¿O será que convivimos con el horror precisamente porque a nivel psicológico no sentimos nada que nos exija ir más allá de la retórica y nos ayude a cumplir con nuestras obligaciones morales? Aunque nos pese, debemos aceptar por lo pronto que esta naturalización psicológica de la insensibilidad moral no es reciente: viene ocurriendo desde hace años en la ciudad de Buenos Aires, y es algo de toda la vida en muchas provincias argentinas.

Por más que los aduladores de la inconsecuencia se inclinen a interpretar los cacerolazos como un ejemplo de despertar ciudadano, la verdad es que entonces dimos la muestra más irritante de nuestra esquizofrenia moral: a pesar de haber estado presenciando y criticando durante años las dinámicas socialmente excluyentes que ocurrían a nuestro alrededor, no fue el hambre de nuestros conciudadanos, ni siquiera la muerte por desnutrición de tantos chicos, lo que consiguió sacarnos a las calles para pedir un cambio; el motivo último que nos llevó a reaccionar fue la usurpación bancaria de nuestros dólares imaginarios. Esto no obsta, claro está, para que en nuestras charlas de café sigamos siendo los buenos ciudadanos de siempre y despotriquemos contra esos políticos malos que han sumido en la pobreza y la indigencia a una amplia proporción de los argentinos. Si comparamos la inconsecuencia de quienes habitan en latitudes más privilegiadas del planeta con la propia, es muy probable que nuestra originalidad tercermundista resida en el tamaño de la inconsecuencia, en el abismo que separa nuestra retórica moralista de la insensibilidad moral acabadamente naturalizada que hemos alcanzado en nuestro comportamiento individual y colectivo.

No es un juicio exagerado. Más allá de lo que aparentemos de la boca para afuera, nuestro comportamiento frente al drama social de la Argentina habla por sí solo. Es cierto que los niveles de indigencia y pobreza han bajado, pero es igualmente cierto que siguen siendo moralmente escandalosos. Sin embargo, mientras los bienpensantes decimos esto por un lado, por el otro seguimos conviviendo con el horror de la injusticia social diariamente, en cada esquina, como si fuera lo más normal del mundo. Si mirar cada día a los ojos de los que sufren nos despertara la curiosidad de mirar de vez en cuando las estadísticas, comprobaríamos que para los pobres e indigentes no es mucho lo que ha cambiado desde que tuvo lugar nuestro supuesto despertar ciudadano. En estos últimos cinco años, a pesar de las espectaculares tasas de crecimiento económico, los que han superado el umbral estadístico de pobreza son básicamente aquellos sectores de ingresos medio-bajos que habían caído coyunturalmente por debajo del mismo en 2001 y especialmente en 2002, durante lo peor de la crisis, arrastrados por el desempleo y la caída de los salarios reales. El resto, que constituye un cuarto de la población argentina, no ha superado la línea de pobreza desde mediados de los noventa y sigue tan lejos como entonces (la brecha de ingresos es en promedio mayor al 40%) del piso mínimo que resulta necesario para atravesar ese umbral. Esto, lamentablemente, en el mejor de los casos, ya que si quebraran los controles de precios, o si la evolución de la Canasta Básica publicada por el INDEK se encontrara manipulada, como tantos sospechan, podríamos tener un tercio de la población bajo la línea de pobreza, en niveles comparables a los de la primera mitad del 2001 (que en todo caso tampoco difieren de los niveles con los que comenzó el 2006). Por lo pronto, ateniéndonos estrictamente a las estadísticas oficiales, los argentinos estamos obligados a reconocer que en los últimos cinco años, con el agravante de la prosperidad económica general, no hemos hecho absolutamente nada por un cuatro de nuestros compatriotas que deberían ser la prioridad absoluta de las políticas económicas y sociales, puesto que son el sector de la población que sufre las necesidades más impostergables y en el que viven, además, cuatro de cada diez niños. Se trata de una proporción abrumadora de argentinos que, ante la ausencia de políticas ambiciosas y comprehensivas que les den justicia y oportunidades, permanecen socialmente excluidos y dramáticamente anclados en condiciones de pobreza estructural que los alejan de los circuitos por donde fluyen los beneficios del crecimiento económico –aunque sean ellos, para variar, quienes paguen especialmente el costo social de algunas variables que, como la inflación, están relacionadas con la bonanza que disfrutamos del otro lado de la brecha. Nos cruzamos con ellos cada día y pasamos de largo. Escuchándonos hablar, sin embargo, cualquiera diría que nuestras cacerolas sonaron para ayudarlos a ellos.

¿Estaremos algún día a la altura de nuestras palabras? ¿Traduciremos nuestra retórica en algún tipo de compromiso moral que nos movilice para darle a esta injusticia social extrema la contundente respuesta individual, asociativa e institucional que nos exige? Por el momento, con la conciencia especialmente sedada gracias a la reactivación del consumo y queriendo imaginar, para desentendernos, que el crecimiento económico llega de alguna manera a todos, los argentinos seguimos caminando por las calles como si nada, insensibles ante el horror, alimentando un déficit patológico de moralidad ciudadana que lamentablemente no se resuelve ajustando el tipo de cambio. ¿Seguiremos evadiendo las facturas de este déficit transfiriendo, como de costumbre, nuestra gran cuota de responsabilidad moral hacia los políticos? Ya tienen bastante con la que les cabe, pero si atendemos a lo representativas que son sus deficiencias y a la virulencia con que las criticamos, podríamos decir que nos representan para ello. Son tan representativos para expiar nuestras culpas que, cuando el país que hicimos entre todos se tornó especialmente intolerable, hasta se nos ocurrió pedir “que se vayan todos” –refiriéndonos a ellos, claro. La representación política en la Argentina, desde esta perspectiva, resulta perversamente funcional a nuestra inconsecuencia. Tener políticos malos para sentirnos buenos es claramente más fácil que mirarnos al espejo y empezar a cambiar.

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