La inflación y la “autonomía” del Banco Central

por Carlos Starmanns

Perfil, 14/02/2010

Caricatura de Agustín Gomila

El probrema de la inflación ha sido (y sigue siendo) uno de los principales desafíos económicos y sociales de la Argentina. No es sorprendente, en este sentido, que durante los últimos años haya recibido un debate público tan intenso. Lo sorprendente es que en la vertiente sobre calidad institucional que ha tenido este debate se haya denunciado incesantemente la manipulación del INDEC pero se haya soslayado casi por completo la que ha sufrido el Banco Central. El agravio comparativo resulta imperdonable si advertimos que el INDEC se encarga de medir la inflación mientras que el Banco Central, a juzgar por su Carta Orgánica, tiene la función todavía más importante de controlarla. Tratándose del principal motivo por el cual se otorga autonomía a la mayoría de los bancos centrales en el mundo –excluyendo, por supuesto, los casos de Etiopía, Venezuela, Irán y otros países institucionalmente ejemplares con los que competimos en materia inflacionaria, ¿cómo se explica que a lo largo de todo este tiempo los argentinos no hayamos debatido hasta el hartazgo sobre el avasallamiento de nuestra entidad monetaria?

Cuando por fin empezamos a hacerlo, para colmo, el debate se restringió a la disputa por las reservas, estructurándose como si estuviera en juego la reluciente independencia de una institución que ha vivido secuestrada y como si el gran entregador de la víctima fuera el abnegado héroe que la protege. Si de reservas se trata, no obstante, parece contradictorio que no detonaran este revuelo acontecimientos tan puntuales y mediáticos como aquel pago por adelantado al Fondo Monetario en diciembre del 2005 –decisión económicamente cuestionable y arriesgada que dejó a la entidad sin un tercio de sus activos. Probablemente los argentinos fuéramos en aquel momento más condescendientes con las desprolijidades institucionales –o, en todo caso, con los Kirchner. Pero claramente habíamos dejado de serlo en septiembre del 2008, cuando el Gobierno anunció que nuevamente daría un manotazo a las reservas para ponerse al día con el Club de París, y sin embargo tampoco se desató entonces un especial frenesí por la mancillada autonomía del banco.

Empezando, para variar, por el propio Redrado: aunque ese pago habría insumido la misma cantidad de dólares que el Fondo del Bicentenario, y con el agravante de que atravesábamos una coyuntura de máxima incertidumbre internacional, el autodenominado “guardián de las reservas” optó aquella vez por apoyar públicamente la medida. Para vergüenza de propios y extraños, como el anuncio unilateral del Ejecutivo había ocurrido a sus espaldas esa misma tarde, no pudo evitar hacerlo en su discurso de cierre a las jornadas internacionales del banco frente a un auditorio repleto de banqueros centrales y académicos extranjeros que lo escucharon atónitos. Ante semejante atropello daban por descontado que renunciaría y se fueron del país impactados por su oportunismo político. El mismo que en enero, a meses de que venciera un mandato que no le renovarían, lo movió sentarse sobre las reservas y proclamar la supuesta “autonomía” del Central especulando con ganarse el clamor de la opinión pública. Obviamente, Redrado no habría podido soñar jamás con semejante oportunidad de redención demoscópica si durante estos años la oposición y los medios le hubieran recalcado a la sociedad argentina que la institución presidida por él tenía responsabilidades cruciales e ineludibles en la lucha contra la inflación. En ese caso se habría convertido en uno de los personajes más impopulares de la Argentina.

A pesar de que vivamos en un país tan generoso, parecía que tras el dictamen de la bicameral se iba a corregir esta enorme miopía en el debate público sobre la autonomía del banco. Cobos apoyó la remoción de Redrado no porque aceptara las causales esgrimidas por el Ejecutivo en torno al sainete de las reservas: lo hizo, en parte, porque consideró que su gestión inflacionaria no preservó el valor de la moneda y no cumplió, por ello, con la obligación primaria que le impone la Carta Orgánica. Seguramente para compensar a Prat-Gay por haberle impedido compartir la postura del vicepresidente, la oposición aglutinada en torno a Carrió, acompañada también del macrismo y el peronismo disidente, declaró que investigaría a todo el directorio por el mismo incumplimiento. Es una lástima que estos sectores opositores y los principales medios, paralelamente, cayeran en el internismo de criticar la decisión de Cobos en lugar de esforzarse por instalar en el centro de la agenda este gravísimo diagnóstico compartido sobre la incapacidad del banco para realizar la misión fundamental que le exige la ley. Habrían conseguido que los argentinos diéramos un gran paso para abordar institucionalmente el problema de la inflación. Aparentemente, el debate de fondo sobre la necesidad de una entidad monetaria autónoma es algo que nos veremos obligados a seguir esperando.

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