Los desaparecidos coincidirían con Mujica

por Carlos Starmanns

El Observador (Montevideo), 29/03/2010

Pero no por las razones que ha dado el ex tupamaro en su resonante discurso a las Fuerzas Armadas. Su argumento es que los uruguayos podrán construir la unidad nacional que necesitan para abordar sin fisuras el gran problema del presente, que es la lucha contra la pobreza, si dejan de mirar al pasado que los divide. A sus compañeros desaparecidos, probablemente, no los convencería la idea de buscar unidad con sectores que históricamente se han mostrado poco interesados por realizar esfuerzos redistributivos: les parecería un medio contraproducente para enfrentar en serio la pobreza porque implicaría consensuar políticas demasiado tibias en comparación con las que podrían alcanzarse incomodando a enemigos de clase. Resulta igualmente probable, sin embargo, que los desaparecidos compartirían su postura de fondo en torno a la necesidad de mirar hacia adelante. Lo harían porque pertenecieron a una izquierda apasionada por el futuro. Lo harían porque no entregaron sus vidas para que una proporción alarmante de la izquierda actual, desorientada y desmotivada ante el porvenir, agotara sus magras energías ocupándose de ellos.

Reclamar justicia por las violaciones a los derechos humanos ocurridas en el pasado es una prioridad comprensiblemente excluyente para los familiares de las víctimas. Y para el resto de la izquierda, como para cualquier persona de bien, debería ser una tarea compatible con la obligación preeminente de abocarse a las injusticias sociales que se multiplican en la actualidad. Pero en más de una ocasión ha demostrado no serlo y se ha convertido, incluso, en un objetivo de militancia sobreactuada que sirve para maquillar imperdonables claudicaciones. En aquellos países que sufrieron brutales dictaduras, una parte significativa de la izquierda ha desarrollado una fijación con el pasado que, en su oportunismo posmoderno, le sirve de subterfugio para seguir considerándose como tal aunque haga poco y nada en el presente para merecer este apelativo. El caso de la Argentina, lamentablemente, es más que representativo de este fenómeno: en una sociedad escandalosamente injusta donde se violan masiva y sistemáticamente derechos de orden económico, social y cultural que alguna vez fueron primordiales para la izquierda, a muchos de sus militantes les basta con haber estado abalanzándose contra un cordón policial y abucheando a un ex represor ya anciano a la salida de un juzgado como para sentirse envueltos en una épica transformadora. Increíblemente, con esto ya consiguen mirarse satisfechos frente al espejo condescendiente de su posmodernismo ideológico. Con esto les alcanza para imaginarse legítimos herederos de aquellos activistas.

Los pobres, mientras tanto, nunca fueron tantos ni tan pobres. Pero el sufrimiento de los pobres es algo que preocupaba más a los que desaparecieron en combate que a los parodiantes retrospectivos que aparecen ahora en escena buscando identificarse con ellos. Si los desaparecidos argentinos reaparecieran, advertirían desconcertados que su calvario ha servido para alimentar la complacencia ideológica de una izquierda extraviada y retórica que pone sus ojos en los represores de la dictadura mientras hace la vista gorda (o se arrodilla agradecida) ante políticos que contribuyen a reproducir una realidad social todavía más injusta que la que buscaban cambiar ellos. Si tuvieran voz, indudablemente la emplearían para pedir a muchos de sus sucesores que no se estanquen en los derechos ya violados de los muertos mientras no hayan apuntalado los derechos de los (millones) que viven aquí y ahora con graves carencias de alimentación, vivienda, salud, educación y empleo –por no hablar de la defectuosa protección de sus derechos civiles y políticos. Pero no es indispensable que los desaparecidos de la Argentina tengan voz para hacerse escuchar: guardan voceros autorizados en sobrevivientes de la otra orilla como Mujica, que padecieron torturas y largos años de encarcelamiento inhumano y que siguen, a pesar de sus cicatrices, demasiado consagrados al presente de su causa como para desvelarse por saldar cuentas con patéticos represores jubilados.

Aun así, no deberíamos descartar que la revisión judicial del pasado esté solapadamente prevista para el mandato del nuevo presidente. El Uruguay se enfrenta a una condena inminente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Por más que los oponentes a la Ley de Caducidad hayan perdido recientemente un segundo plebiscito, esto les daría la oportunidad de reabrir el debate sobre los límites normativos a la voluntad popular y aumentaría la presión para que alguno de los poderes del Estado la deje sin efecto. La iniciativa podría no corresponder al Ejecutivo, pero se antoja difícil que el Gobierno frenteamplista, que propició el último referéndum y que ha venido interpretando esta ley de una manera que permite juzgar delitos cometidos fuera del territorio uruguayo, se incline por sostenerla en un contexto semejante. Hasta que eso ocurra, no deja de tener una gran importancia simbólica y práctica que Mujica, cargando una mochila de 74 años en la que, seguramente, pesa un justificado rencor, se comprometa a los cuatro vientos con el desafío de la pobreza y evite el atajo de distraer a sus seguidores con juicios a represores que son, en muchos casos, más viejos que él. Y que, invariablemente, pertenecen al pasado. A él, que también protagonizó esa historia, todavía lo convoca el futuro.

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