El respeto a las reglas en la Argentina

Fundación Darse Cuenta, 12/05/2011 (*)

*Transcripción de la presentación completa realizada en el Desayuno de Trabajo.

Buenos días. Ante todo quiero agradecer a la Fundación Darse Cuenta por haberme dado el honor de compartir este panel y también a todos ustedes por haberse acercado esta mañana para participar de este desayuno. El tema que nos convoca es de suma importancia, y desde el momento en que recibí la invitación me pareció que el título de la convocatoria no podía ser más apropiado para adentrarnos en él: Tratarnos bien, cumplir con las reglas. En cualquier sociedad plural y compleja, cumplir con reglas es la principal vía que tenemos a nuestro alcance para tratarnos bien. Especialmente si presuponemos que estas reglas son básicamente justas, algo que en nuestro caso podemos hacer porque después de todo, al menos en los papeles, somos una democracia liberal inspirada en los valores de la libertad y la igualdad. Obviamente, estamos lejos de parecernos a una democracia liberal ejemplar, pero no porque tengamos reglas esencialmente distintas, sino porque no las cumplimos. Si cumpliéramos con las reglas jurídicas y morales de nuestro orden social, nos empezaríamos a tratar bien como ciudadanos. La amistad cívica o el patriotismo bien entendido consisten precisamente en tratarnos bien cumpliendo las reglas imparciales y generales que estructuran la cooperación social.

En una sociedad cultural y socioeconómicamente fragmentada como la nuestra, que tiene un sentido comunitario tan debilitado, es previsible que imperen actitudes ventajistas o sectarias que nos impiden mirar más allá de nuestros afectos o intereses inmediatos y que sólo contribuyen a reproducir y profundizar la descomposición social que las incentiva. De hecho, si prestamos atención a nuestras motivaciones, podemos comprobar que cada vez que violamos las reglas lo estamos haciendo para dar prioridad a nuestros afectos o intereses inmediatos a costa de nuestros conciudadanos: incumplimos una promesa o un contrato para sacar una ventaja personal, aunque estemos reforzando los hábitos de una sociedad donde impera la desconfianza y donde se disparan los costos de transacción; evadimos impuestos para enriquecer a nuestra familia, aunque estemos generando una sociedad más injusta, menos integrada y, evidentemente, más insegura; usamos nuestra influencia para conseguirle un puesto a un amigo, aunque causemos un costo de eficiencia para la organización pública o privada donde lo acomodamos, y un pésimo incentivo para todos los empleados eficientes que aspiraban legítimamente a ese puesto; nos tomamos la libertad de aprovechar cualquier hendija para gambetear controles, aunque los controles aumenten hasta volverse asfixiantes y terminemos viviendo en una sociedad menos libre donde la burocracia nos abruma con mil requisitos y nos trata como si fuéramos sospechosos o potenciales infractores; la discrecionalidad que puede ejercer sobre nosotros un funcionario capaz de sacarse de la manga cualquiera de estos mil requisitos tiende a compensarse pagando coimas, y lo hacemos gustosos si nos permite apurar o destrabar un trámite para nuestra empresa, aunque contribuyamos a configurar mercados donde hay que ser corrupto para mantenerse competitivo; discutimos sobre política o decidimos nuestro voto siguiendo los intereses de nuestro sector o de nuestra clase social, sin preocuparnos demasiado por reflexionar sobre el interés general, aunque de esta manera convirtamos la vida pública en un tironeo conflictivo de posturas unilaterales. En fin: todos ejemplos de anomia, y todos motivados por la incapacidad de comportarnos como parte de un esquema de cooperación que es mucho más amplio y plural que nuestra familia, nuestro círculo de amigos, nuestra empresa o nuestra clase social.

Si consideramos los efectos socialmente destructivos que tiene la anomia, parecería sensato pensar que para combatirla podría bastarnos con adquirir un interés propio bien entendido: vivir en una sociedad más justa, más eficiente, más libre y menos conflictiva podría convenirnos. Pero si no reforzamos nuestra motivación moral como ciudadanos no es viable la observancia de algunas reglas que ya he mencionado entre mis ejemplos, por no mencionar la que voy a terminar proponiéndoles como solución de fondo al final de mi presentación. Además, si apostamos a que el cumplimiento de las normas surja del interés propio, terminamos sujetos a consideraciones empíricas que cambian según las circunstancias. En general, cuanto más poderosos seamos, menos nos afectan las consecuencias negativas de la anomia: si manejamos un camión, la falta de respeto a las reglas de tránsito no nos afecta tanto como a un pobre peatón; si vivimos en Puerto Madero, las consecuencias sociales de la evasión fiscal no nos afectan tanto como al que vive en Dock Sud; si somos empresarios, la falta de respeto a la legislación laboral no nos afecta tanto como a un trabajador informal… Los efectos de la anomia no suelen ser muy democráticos, y esto es un problema para combatirla apelando al interés propio si tenemos en cuenta que los más poderosos son los que mayor influencia tienen para fijar las reglas o para conseguir que se cumplan.

Obviamente, en una sociedad donde rige la ley de la selva siempre puede aparecer un jugador más fuerte que lleve a los poderosos a sufrir la anomia en carne propia. La arbitrariedad de nuestro actual Gobierno parece tener este efecto inmediato sobre importantes actores de la economía, los medios y la política. En buena medida, estamos hablando de la importancia de respetar las reglas por este motivo. Si fuera por los peatones, los trabajadores informales, o los vecinos de Dock Sud, no estaríamos hablando sobre la importancia de respetar las reglas en la Argentina. El problema no estaría en la agenda de debate público. No digo esto para ser cínico, sino para que percibamos y abordemos el problema de la anomia en toda su profundidad y en toda su amplitud, como seguramente pretendemos hacer en este desayuno.

Lamentablemente, las causas de la anomia argentina no se agotan en el comportamiento arbitrario del Gobierno. Desde ya, nos vendría bien a todos, incluso a los vecinos que Dock Sud, que el Gobierno se atuviera a “reglas del juego” estables y mejorara “el clima de inversiones”. Pero muchos de los actores económicos que han instalado este problema en la agenda, curiosamente, no se exasperaban por el incumplimiento de las reglas mientras los favoreciera el capitalismo de amigos practicado por este y otros gobiernos. Tampoco nos vendría mal que la provincia de Santa Cruz acatara el fallo de la Corte Suprema sobre el caso del procurador. Pero los sectores políticos y mediáticos que más se rasgan las vestiduras con esta transgresión, curiosamente, hacen la vista gorda con la falta de acatamiento al fallo de la Corte Suprema sobre la situación penitenciaria en la provincia de Buenos Aires, que es más difícil de cumplir pero que tiene efectos altamente lesivos sobre los derechos y las perspectivas de reinserción de miles de detenidos y reclusos. Los cálculos interesados, lamentablemente, no ayudan demasiado a cumplir las reglas. En todo caso, nos ayudan reclamar por las reglas que nos convienen… Y mientras nos convenga, porque lo que nos conviene hoy puede dejar de convenirnos mañana. Lo han demostrado fuerzas como el radicalismo y el peronismo disidente, incapaces de cumplir siquiera con las reglas que se habían impuesto a sí mismas para dirimir sus internas. (No deja de ser cierto que, por lo menos en estos casos, hubo un esfuerzo de patas cortas por acordar reglas. En otras fuerzas políticas no hay más regla que los cálculos de sus líderes, que cambian de rumbo permanentemente y ejerciendo una verticalidad poco coherente con la disposición al consenso o el afán republicano que pretenden representar.)

Estoy tratando de ilustrar la incoherencia con la que se acuerdan de las reglas algunos de los principales actores que critican al Gobierno por incumplirlas, pero no lo hago con el objetivo de relativizar las graves responsabilidades del Gobierno. Es más que bienvenido que sus críticos hayan realizado una contribución significativa para instalar este problema en la agenda. Mi objetivo, simplemente, es sugerir que no vamos a resolverlo buscando abanderados que estén en condiciones de tirar la primera piedra. Y menos aún pensando que esos abanderados somos nosotros. Si realmente nos importan las reglas, es importante que abordemos el problema de la anomia argentina sin dejarnos llevar por los sesgos de la coyuntura y con una fuerte cuota de introspección autocrítica.

Esto no nos impide exigir una mayor vocación de respeto normativo por parte del Gobierno. Todo lo contrario: nos permite hacerlo con mayor coherencia. Y no podemos dejar de hacerlo. Es el actor central de nuestro sistema político. Además de los beneficios que podría generar con el mero cumplimiento de tantas reglas que ahora transgrede, percibir una vocación de respeto normativo en la cúspide tendría un gran efecto transformador en otros niveles institucionales y sociales. Nos daría la sensación de que un mejoramiento de nuestro propio comportamiento ciudadano no es gesto testimonial que cae en saco roto, sino parte de un proyecto colectivo. Pero sería iluso esperar demasiado de liderazgos que, después de todo, son representativos de la sociedad anómica a la que pertenecen.

A corto plazo me parece que lo más sensato que podemos hacer es trabajar (y cruzar los dedos) para que se produzca una constelación favorable de incentivos externos que controlen las propensiones anómicas de nuestros gobernantes. A veces, la virtud es hija de la necesidad. En sus dos primeros años, el kirchnerismo tuvo un ejercicio del poder más consensual y una mayor propensión a respetar las reglas. Esto se debió, básicamente, a que no acumulaba el poder que alcanzó después. A que tenía que hacer buena letra para ganar apoyos, y a que habría encontrado contrapesos en el caso de cometer abusos. Como todos sabemos, este equilibrio se fue perdiendo. En parte, gracias al oportunismo pendular de empresarios, medios de comunicación, sectores de la sociedad civil y algunos que ahora son opositores. Pero, ante todo, el equilibrio se perdió porque el kirchnerismo afianzó su liderazgo dentro del peronismo.

Por las características de nuestro sistema político, cualquier liderazgo que se afiance dentro del peronismo genera una descompensación hegemónica de la que puede aprovecharse para saltarse las reglas. Es muy difícil que tenga enfrente a una oposición suficientemente estructurada y electoralmente competitiva que lo incentive a respetarlas. Principalmente, por dos motivos. En primer lugar, porque sería una proeza de acción colectiva unir a una oposición que reproduce en sí misma todo el pluralismo de intereses e ideologías que podría encontrarse en cualquier sistema político. Más allá de la anomia con la que operan los diferentes sectores de la oposición, es comprensible que los integrantes de semejante rompecabezas tengan dificultades para trabar alianzas. Pueden alcanzarlas en casos puntuales que suelen revestir particular gravedad institucional y, a veces, ni siquiera en esos casos. En otros es el propio gobierno el que consigue apoyos puntuales de grupos opositores. Ocurre actualmente con la centroizquierda no peronista; y pasaba en los noventa con la centroderecha no peronista. Esto es inevitable, y nos lleva al segundo motivo que dificulta la construcción de una oposición que sirva de contrapeso: una de las causas de la hegemonía del movimiento es su propio movimiento, porque cada vez que se mueve ideológicamente, cada vez que se reclina sobre alguna de las alas ideológicas que lo componen, absorbe o desestructura las alternativas que se estaban levantando en el espacio que había dejado temporalmente descuidado. En estas condiciones es muy difícil construir un sistema político ordenado que genere los contrapesos necesarios como para evitar liderazgos hegemónicos y arbitrarios.

Esperar que un liderazgo que no encuentra suficientes contrapesos se atenga a las reglas es poco realista. Y más aún si es un liderazgo de corte populista que reclama la encarnación infalible de la voluntad popular. Si las reglas y los controles institucionales, que constituyen la parte liberal de las democracias, se interponen frente a las pretensiones de este tipo de liderazgo, tienden a convertirse en obstáculos funcionales a los intereses ilegítimos de los grupos privilegiados. Son “formalismos” a los que se aferran los que no representan al pueblo para “poner palos en la rueda”. Las desprolijidades, en cambio, son hasta un símbolo del avance popular. Los descamisados, por definición, no podrían ser prolijos.

Si la Argentina fuera una sociedad igualitaria de clase media, este maniqueísmo populista no tendría poder de movilización; no podría integrar ni por asomo el discurso y la práctica de un movimiento político hegemónico. El problema es que somos una sociedad fragmentada donde un tercio de la ciudadanía malvive en condiciones de pobreza estructural, y donde otro tercio viene de una pobreza coyuntural reciente. En este contexto, si queremos asegurarnos de tener un sistema político que evite descompensaciones hegemónicas con liderazgos populistas que tensionan las reglas de una democracia liberal, y que, claramente, no inspiran ni promueven el respeto a las reglas en otros ámbitos institucionales y sociales, me temo que la tarea pendiente es de largo plazo y que nos obliga a trabajar sobre los cimientos. Tenemos que construir los presupuestos socioeconómicos y culturales de una democracia liberal.

Ya que estamos hablando de reglas, es imperativo recalcar que no los hemos construido porque, históricamente, no nos hemos preocupado por establecer una regla de juego fundamental. Una regla que tendríamos que cumplir y exigir con absoluta prioridad como foco de un consenso básico porque reivindicaría la normatividad liberal de nuestra democracia frente a la desprolijidad populista y porque nos permitiría, como digo, empezar a sentar las bases socioeconómicas y culturales de una sociedad donde la normatividad se cumple porque la normalidad existe.

Las democracias liberales aspiran a ser sociedades de ciudadanos libres. De hecho, así es como las llamamos: sociedades libres. Se supone, por lo tanto, que las reglas del juego en una sociedad así deberían pasar el examen de ser consentidas libremente. ¿Ustedes consentirían las reglas del juego de la sociedad argentina si hubieran tenido la mala suerte de nacer en una familia pobre? Seguro que no. Me dirían que las reglas del juego están sesgadas. Que nacer en una familia pobre hace que nos toquen las peores perspectivas en el entramado de cooperación social. En el mejor de los casos, los trabajos informales y mal pagos que nadie quiere.

Siguiendo las actuales reglas del juego, el que tiene la suerte de nacer en una familia acomodada podrá forjar su destino sobre la base de una buena educación, por no mencionar los contactos y el patrimonio de papá. En cambio, el que tiene la mala suerte de nacer en una familia pobre, incluso aunque milagrosamente tuviera acceso a una buena educación, tendría que remontar las enormes desventajas de vivir en una familia probablemente desestructurada, sometida a las tensiones de la precariedad material, y en un barrio sin gas ni agua potable donde imperan niveles de anomia que apenas podemos imaginar desde este lado de la brecha. (La anomia que sufren los excluidos es típica de entornos donde se lucha por la subsistencia, pero también está marcada por actitudes contraculturales que los hunden todavía más en los problemas estructurales que tienen. Esta rebeldía contracultural es una reacción comprensible: si para ellos no hay perspectivas de entrar al club, aunque hagan fila laboriosa y pacientemente durante toda su vida, no es llamativo que rechacen las reglas del club y que terminen tirando piedras contra la puerta.)

Si no supiéramos en qué familia vamos a nacer pero nos dieran la opción de elegir en qué sociedad nacer, estoy seguro de que ninguno de nosotros se arriesgaría a nacer en la Argentina. Elegiríamos un club donde las puertas estén abiertas para todos los miembros. No elegiríamos un club donde las reglas del juego están sesgadas por una lotería perversa que condena desde la cuna a una gran proporción de los socios. Elegiríamos, en definitiva, una sociedad donde impere una suficiente igualdad de oportunidades como para tener derecho a forjar nuestra vida con libertad.

Me parece que cuando los argentinos estemos dispuestos a honrar esta regla de juego básica para cualquier orden social que aspire a llamarse democrático-liberal, vamos a estar construyendo una sociedad donde las reglas asimétricas y el resentimiento sean sustituidos por la reciprocidad y la confianza. Con ello estaremos sentando las bases de un sistema político más equilibrado, consensual y previsible que inspire y promueva el respeto a las reglas en otros ámbitos institucionales y sociales. Poner el listón en objetivos menos ambiciosos sería hipócrita, además de miope. Como aspirar a no tener grietas en las paredes y goteras en el techo en una casa donde tiemblan los cimientos. No quiero decir con esto que, mientras tanto, no nos ocupemos de cuidar las paredes y el techo. Quiero decir que estamos obligados a trabajar en los cimientos con urgencia, y que no nos queda otra que tener bastante paciencia con el mal estado del techo y las paredes.

Como ocurre con todas las reglas que estructuran un orden social plural y complejo, aspirar al cumplimiento de esta regla básica nos obligaría a mirar más allá de nuestros intereses y afectos particulares. Nos obligaría a comportarnos como ciudadanos. Es verdad que esto implicaría un esfuerzo considerable: deberíamos procurar que ningún chico terminara condenado por la desigualdad a través de la educación, pero también mejorando su entorno de vida con políticas de salud, vivienda, infraestructura urbana, formación profesional y trabajo formal para sus padres. No se evita la condena de un chico sin reparar la que ya han recibido sus padres, que no deja de ser injusta por haber empezado hace veinte o treinta años.

Para darle respaldo a este esfuerzo como ciudadanos y como contribuyentes, tendríamos que ser más reflexivos desde un punto de vista cognitivo y más empáticos desde un punto de vista emocional. Más reflexivos para entender la justificación de reglas impersonales y generales que no están hechas a la medida de nuestros intereses o afectos inmediatos. Y más empáticos para ponernos en el lugar de aquellos con quienes no compartimos el mismo barrio ni las mismas costumbres ni el mismo color de piel, pero sí este orden de cooperación social asimétrico y fragmentado que tenemos la obligación de reconstruir en base a reglas que, por miopía y mezquindad, actualmente no cumplimos, pero que podemos encontrar en nuestras leyes y, fundamentalmente, en los valores de libertad e igualdad que, como ciudadanos de una democracia liberal, deberían inspirar nuestro comportamiento. La fraternidad que proclamaban los revolucionarios franceses no estaba de adorno entre estos valores: es una motivación central para construir una sociedad integrada que consiga llevarlos a la práctica. Como dije al comienzo de esta presentación, cumplir con las reglas legales y morales de un orden justo es la principal vía que tenemos a nuestro alcance para tratarnos bien.

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